¡Hola estimados adolescentes de primer grado!
Espero se encuentren muy animado por el inicio de semana, deben tomar una actitud positiva ante la adversidad y si algo sirve para estos momentos es sin duda la lectura, ya se que algunos dirán NAAAAAAA!!! Pero, los que desean seguir estudiando saben que digo todita la verdad.
A continuación les presento un cuento del mismo autor que revisamos la ultima vez León Tolstoi, y ahora leeremos un texto llamado El origen del mal.
El ejercicio consistirá en elaborar figuras de su propia creación como las que hicimos con "El lenguaje de nadie" de José Revueltas... Quiero recordar a todos ustedes que ¡La ultima ocasión solamente unos poquitos alumnos entregaron el ejercicio 😤😢😭!
Y para refrescar la memoria aquí tengo la evidencia:
Recuerden que el tamaño de las figuras equivale al tamaño de su mano abierta (una cuarta medida con su mano), deberán elaborar las figuras de los personajes del texto El origen del mal, además y porque se que trabajan muy pero muy bonito, les voy a pedir que dibujen en una hoja tamaño oficio el paisaje en donde ustedes montaran como fondo (escenografía), a sus figuras.
Después le tomarán una foto y la enviarán al correo: lecturayescritura296@gmail.com
Asunto: El origen del mal
En el texto del correo incluyan nombre, grado y grupo.
Antes del próximo viernes 3 de abril, por favor, hagan el ejercicio.
Regresando de la contingencia revisaré todas las libretas (el día que nos toque taller).
Para este ejercicio la evidencia de su trabajo se recibe por correo, si alguno de ustedes tiene dificultad para enviar la foto, pida ayuda a su tutor en casa.
En
medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban.
Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón
entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En
una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron
allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A
falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a
discutir sobre el origen del mal.
-El
mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el
tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que
le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si
durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan
divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad
siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen
pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni
lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos
como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El
palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
-Opino
que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin
hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto
a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en
ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante
abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como
perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que
el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco
afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las
aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no
come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre
nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No;
el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene
de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo
iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos,
nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra
ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y
nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene
piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos
comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna,
todo el mal viene de la ira.
El
ciervo no fue de este parecer.
-No;
no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del
miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas
son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de
un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los
grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque
o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a
salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un
pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue
una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces,
para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de
pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la
muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta,
siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad.
De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente
intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No
es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino
nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y
el miedo.